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EL ATAÚD

ataud de madera

El ataúd

Allá por el sesenta, los caminos que te llevaban a las minas eran de tierra y sin alumbrado. Eran tiempos donde la gente usaba caballos o simplemente iba a pie a todos lados. Era normal ver por el camino a un grupo de minero haciéndose compañía para llegar a su trabajo. Recorrían como ocho kilómetros de madrugada para llegar a la mina.
En el pueblo, los mineros contaban historias de como en la noche veían a lo lejos una luz que parecía alumbrar el camino, pero en realidad era una luz azulada que se quedaba inmóvil por mucho tiempo o desaparecía de repente. Y pues ahí ya sabían que esas luces eran mal agüero. Y pues para que jugarle al valiente.
Una noche cualquiera, iba Don Iván un tanto entrado en copas a eso de las 3 am. Iba caminando tambaleándose y con una botella de aguardiente en su mano, mientras en la otra llevaba su machete bien afilado por si algún bribón quería quitarle sus pesos.
A medio viaje se encontró un ataúd con cuatro cirios prendidos alrededor. Y con la borrachera encima, Don Iván pensó que a quién carajos le daba por velar a un difunto en medio de la espesura de ese camino. Y aunque ya se temía que eso era pura maldad, la curiosidad le ganó y quiso ver quién estaba adentro, pero al acercarse se arrepintió de repente y mejor se hizo a un lado queriendo esquivar por la derecha.
Y así nomás, el ataúd se movió queriendo cortarle el paso. Don Iván valentón como era se movió a la izquierda y el ataúd hizo lo mismo. Con un gesto de borracho nervioso se santiguó. Al hacer esto, una carcajada burlona se oyó salir de lo profundo de la caja.
La cosa de la caja reía una y otra vez hasta que Don Iván habló y dijo: “Ya sé lo que pasa… Usted es una maldita bruja… Y no me va a dejar pasar, ¿verdad?
Enojado, alzó su afilado machete y lanzó un tajo certero al ataúd. Sólo un machetazo dio, porque es bien sabido que a las brujas se les debe dar una cortada o tres, el caso es que sean impares ya que de lo contrario una herida sanará a la otra. Mientras que si es impar, la herida no sanará y puede ser mortal.
Así que Don Iván al asestar el machetazo oyó un quejido que terminó de quitarle la borrachera y lo hizo huira a toda prisa hasta su casa. Ya en su casa se desmayó del susto. Apenas asomó el sol, alguien tocaba fuerte la puerta. Doña Josefina lo visitaba para suplicarle que la ayudara: “Iván… Perdón por lo de anoche. Mire como tengo el brazo… Se lo suplico… Deme el otro machetazo. Nomás un rasguño para que pueda sanarme. Toda la noche me la pasé sangrando”. Iván viendo el brazo colgar de un hilo de carne le dio otro machetazo, pero no para sanarla sino para acabar de cortar el miembro.
Josefina salió corriendo, gritando y llorando porque sabía que estaba condenada a morir.
En el velorio apareció Don Iván, se acercó al ataúd y le dijo quedito a la muerta: “Ahora sí, maldita bruja, atraviésate otra vez en mi camino”.

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Derechos de contenido reservados – Alejandro Chavolla © 2018

 

Publicado en Relatos de Horror

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